Tania es madre de un niño trans. Aunque nació en España, se crió en Arizona. Se mudaron a Estados Unidos para trabajar, hasta que tuvieron que volver para proteger la vida de su hije. “Mi peque empezó a tener problemas muy serios de salud mental desde finales del 2024. Venir se convirtió en una decisión de vida o muerte. El impacto de esos últimos dos años en la salud mental de mi niño ha sido muy profundo”.
Con seis años, su hije se autodeterminó como no binarie, se afeitó el pelo y se puso un traje. “Fue muy bonito. Tengo esa foto con su corte de pelo y con su traje. Yo nunca había visto a mi niño tan contento como en esa foto”, asegura su madre.
Vivían todos en una comunidad queer, y aunque ahí se sentían integrados y comprendidos, la sociedad, a veces, le ponía zancadillas. Sin ir más lejos, en el colegio, sus compañeros, les decían que no se podía definir como no binarie.
Un “retroceso real” tras la reelección de Trump
Tania describe la sociedad estadounidense como profundamente religiosa, con un retroceso que va a más desde la vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca en 2025.
Precisamente, fue la vuelta del republicano al Gobierno norteamericano lo que les hizo replantearse su futuro en ese país. “Lo que se nos hizo más difícil es que empezamos a ver cómo las personas adultas, que eran sus referentes, empezaban a ser atacadas. Algunas con mucha violencia. Tuvimos experiencias horribles. Se le empezó a meter el miedo en el cuerpo”.
Una de esas experiencias a las que se refiere Tania es que, de la noche a la mañana, y tras tener en sus documentos oficiales su nombre elegido, les obligaron a volver a usar el nombre de nacimiento. “El retroceso es real”, insiste y lo ejemplifica con los problemas que tienen los adultos trans en muchas zonas de Estados Unidos.
“Estás en un lugar público y tienes que decidir entre arriesgarte a que te peguen una paliza o tener una infección de vejiga porque no puedes entrar al baño. Y luego cuando te enfermas por esa infección de vejiga por no poder entrar al baño, tienes que decidir si morirte en tu casa o ir al hospital, porque no sabes cómo te va a ir en el hospital”.
“Cuando cierro mis ojos, en mi cerebro yo soy una niña”
En los Emiratos Árabes Unidos, donde vivía María —nombre ficticio— los derechos LGTBI son, de base, escasísimos. Su hija les dio pistas de que era una niña trans, pero en casa vivieron ajenos a esta realidad. “No lo supimos leer”. Fue con ocho años cuando se atrevió a contarlo, tras pasar semanas llorando sin poder dormir. “Mamá, es que no lo entiendo”, le dijo. “Es que yo me miro y tengo este cuerpo, pero cuando cierro mis ojos, en mi cerebro yo soy una niña”.
A partir de ese momento empezó un viaje para toda la familia. María recuerda la primera vez que su hija leyó un cuento con un personaje trans como protagonista. “Cuando lo vio se quedó alucinando. Me dijo: ‘Mamá, esto soy yo, esto soy yo… transgénero’. No sabía ni leerlo bien todavía. Yo pensaba que era el único niño en el mundo con este problema”.
Su familia le acompañó en esta transición, el problema estaba puertas afuera. Ella se quería vestir de princesa, pero solo podía hacerlo en casa. “Si hubiéramos estado aquí en España, pues si quería vestirse de Frozen en casa y salir al supermercado así, no hubiera habido ningún problema, pero estando en un país islámico, en EAU, eso no se podía hacer. Entonces empezó este conflicto de lo que puedes hacer en casa, pero no fuera”.
Un conflicto que su hija arrastra hasta hoy. “Sigue dentro del armario por esta transfobia integrada que tiene por esos años. Seguimos trabajando, esperamos que la sociedad ayude, pero por ahora no lo hace. Su entorno, su colegio, sus amigas, son tránsfobas, hay comentarios tránsfobos en clase con mucha frecuencia. Muchas veces viene a casa y dice: ‘Mamá, nunca voy a salir del armario'”.
Denuncian una vuelta atrás también en España
Por eso, las dos, María y Tania, piden no dar por sentados los derechos conquistados. Eligieron España como refugio por sus leyes pioneras en igualdad, pero alertan del retroceso que se está dando en comunidades como la valenciana o la madrileña, donde están derogando avances que se aprobaron con la ley trans estatal de 2023.
María recuerda que su hija tuvo que pasar por un psiquiatra para poder comenzar con la transición, una visita “que le traumatizó por un año”. “Tenía que parecer suficientemente enferma mental para que le diera acceso a un tratamiento, pero no demasiado enferma mental para que pudieran decidir que no tenía facultades para explicar que es trans”.
Y en este contexto de reversión de leyes trans amparándose en una falta de protección para las mujeres cis, María insiste, “nunca un hombre ha tenido que disfrazarse de mujer para entrar en un baño y abusar de una mujer”.
El colectivo trans, una minoría “responsable de todos los males”
Las dos coinciden en que se está intentando convertir a este colectivo, al trans, en un monstruo al que culpar de todos sus males. “Como ha pasado históricamente, siempre hay una minoría que es responsable de todos los males de la humanidad. Y esa minoría va rotando, pero hemos recorrido suficientes años como sociedad humana occidental para ver lo que pasa”, asegura Tania, que añade que, cuando un colectivo minoritario pierde, el resto va detrás.
Tras pasar años viviendo en sociedades que no les permitían ser elles mismes, ahora les hijes de Tania y María son dos adolescentes que buscan un hueco en su nueva vida. “Todas las personas, con todas las ideologías y con todas las convicciones políticas queremos lo mismo: estar tranquilos, bien, ser felices. Pero eso no se consigue quitándole la felicidad o la tranquilidad a alguien. Sino construyéndola entre todos”.
Y eso es lo que buscaron en España, el refugio de una sociedad para vivir tranquilas y felices siendo quien realmente son.




