A Gonzalo Celorio, undécimo hijo de una docena de hermanos, su padre, en su lecho de muerte, le pidió que “llegará”, que él le empujaría. Y el escritor, al recibir el Premio Cervantes en el Paraninfo de la Alcalá de Henares, ha comenzado su agradecimiento considerando el viaje concluido: “Hoy llegué, papá, justamente hoy, 64 años después”, ha pronunciado con voz débil, pero con suficiente energía para su largo discurso.
El séptimo mexicano en lograr la mayor distinción de las letras españolas ha recordado -en presencia de los reyes de España, el ministro de Cultura, Ernest Urasun, y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso- la genealogía de su obra, de la misma novela, la de Miguel de Cervantes, y cómo decantó en ficción la historia de su familia. Sin olvidar su postura sobre la relación hispanomexicana: “La nacionalidad mexicana no puede disociarse de la historia y de la cultura españolas”.
Celorio ha ilustrado muy gráficamente su influencia cervantina: “De reojo, Miguel de Cervantes vigila mi escritura desde la cabecera de mi escritorio”. Y, del autor de El Quijote, elige su humor, que dice, contrasta con el autorretrato adusto que Cervantes incluyó en las Novelas ejemplares.
El mexicano ha tirado de erudición enumerando por boca de otros sus ideas de Cervantes: “Julio Cortázar dice que el sentido del humor ha cavado más túneles en la tierra que todas las lágrimas que se han derramado sobre ella. A través del humor, en buena medida derivado del discurso paródico que recorre el Quijote de principio a fin, Cervantes desvela la esencia de la condición humana, que se debate permanentemente entre el ideal inalcanzable y la cruda realidad, monda y lironda.
Otra idea cervantina, la libertad, dice Celorio que la defendió Vargas Llosa: “Y la libertad, según él, no es otra cosa que la soberanía del individuo frente a la autoridad, frente a los desafueros que puede cometer el poder, todo poder”.
Qué es El Quijote equivale para Celorio a qué es la novela: “Carlos Fuentes dice que ‘Cervantes unió todos los géneros literarios previos -épica, picaresca, novela de amor, relato pastoril, novela morisca- para crear un género de géneros abarcador, incluyente, en el que tuvieran cabida todos los sueños, la memoria, los deseos, las imaginaciones, las debilidades y las fortalezas del ser humano’”. O, citando esta vez a Alejo Carpentier: “Toda gran novela empieza por hacer exclamar a los lectores: ¡Pero esto no es una novela!”. Así, “el fundamento del canon cervantino no es otra cosa que la insubordinación a todo canon”.
“Sin el español, ningún país hispanoamericano habría podido configurar su nacionalidad”
Celorio ha trazado cómo, tras la independencia de México, la literatura de su país trato en vano un proceso de desespañolización. “El impetuoso término acuñado por Ignacio Ramírez tras la independencia política de mi país, que pretendió articular una literatura propia en una lengua que inopinadamente se sintió ajena cuando, sin ella, ni México, ni ningún otro país hispanoamericano, habría podido configurar su nacionalidad”.
Aunque ha leído que prefiere no centrar su discurso en ese viaje de ida y vuelta atlántico, sí ha recordado cómo el boom latinoamericano “repercutió” en la literatura española de la transición, para resumir que “la nacionalidad mexicana no puede disociarse de la historia y de la cultura españolas”.
“Nadie sabe quién es si no sabe de dónde viene”
Con cierta humildad, Celorio ha dejado para el final el análisis de su propia obra, centrándose en cómo el rastreo de la historia de sus antepasados fue la veta perfecta para sus novelas, citando la saga Una familia ejemplar: Tres lindas cubanas, El metal y la escoria y Los apóstatas.
“Siempre había querido contar la historia de mis ancestros para conocer mis orígenes y conocerme a mí mismo, porque nadie sabe bien a bien quién es si no sabe de dónde viene”, ha leído.
Y, en su propia intrahistoria, descubrió la de toda una cultura: “Historias de migración y de exilio; de ocho bonanzas ubérrimas y latrocinios arteros; de vicios inconfesables y amnesias enajenantes; de obsesiones satánicas y luchas revolucionarias. Unos habían sufrido los trastornos generados por la Revolución mexicana o la Guerra civil española, otros habían abrazado la causa de le Revolución cubana o, proscritos por el nuevo régimen, habían tenido que emprender el camino de la diáspora”.
Dice que “profanó diarios íntimos”, entrevistó “a decenas de testigos supervivientes”, modificó nombres y ensanchó la realidad hasta llegar, sencillamente la literatura. “Porque la ficción puede llegar adonde la veracidad histórica se detiene como delante de un precipicio. Y es que la novela tiene la potencia de ampliar las escalas y las categorías de la realidad”.
Celorio ha finalizado rememorando cómo cuando un hermano suyo enfermo, su madre, lectora voraz, prometió a la Virgen de Perpetuo Socorro que dejaría cinco años de leer novelas si salvaba a su hijo: “Era el mayor sacrificio que podía ofrecer”. O que su padre escribió a su madre una carta de amor diaria. No es extraño por tanto que haya dedicado toda su vida a la palabra. Y que por eso “cuando alguien me pregunta la palabra que más me gusta, le respondo que es la palabra palabra”.




